- segueapororoka
- 7 feb
- 3 Min. de lectura
Por Elielson Almeida, periodista y miembro de Pororoka
Carpas improvisadas, pancartas extendidas, personas que se turnan desde hace semanas. Para los pueblos indígenas del oeste de Pará, no es una celebración. Es una vigilia. En el Día Nacional de la Lucha de los Pueblos Indígenas, la palabra “lucha” aparece como destino. En el Tapajós, tiene otro peso. No es una metáfora ni una elección política. Es una imposición cotidiana.
Es una situación que Thaigon Arapiun, joven liderazgo del Bajo Tapajós, conoce bien. No porque haya elegido estar en ella, sino porque el territorio lo empujó a ese lugar. “No queremos estar en lucha permanente, peleando todo el tiempo. No es eso. Sabemos el peligro que corremos: nuestras vidas, las vidas de quienes vienen a la lucha. Cada vez que nos exponemos, sabemos que nos estamos poniendo en riesgo. Pero de la forma en que se nos imponen las cosas, no hay manera de quedarse al margen”, afirma.
Esta afirmación no disminuye la importancia de la lucha. Expone el absurdo de tener que librarla continuamente para garantizar lo básico. Para los pueblos indígenas, luchar nunca fue una vocación heroica. Fue una respuesta a la violencia, al borramiento y a la amenaza constante. “La lucha fue lo que garantizó que aún estuviéramos aquí. Fue lo que impidió que muchos pueblos fueran completamente olvidados o exterminados. Pero eso también cansa. Ya estamos un poco saturados. Saturados de tener que estudiar estrategias de defensa todo el tiempo, cuando queríamos estar estudiando otras cosas, viviendo otras experiencias. También queremos vivir”, afirmó Thaigon.

Este cansancio atraviesa el campamento, donde los pueblos del Bajo y Medio Tapajós resisten para defender el río de un nuevo ciclo de amenazas. Alessandra Munduruku está entre ellos. Ella recuerda que el Tapajós no es solo un paisaje. “A la gente le gusta venir aquí, sacar fotos de la playa, del río bonito, de los pájaros. Pero no ven que detrás de ese paisaje hay conflicto, hay violencia, hay lucha. Es un proyecto de muerte. Y quienes vivimos aquí somos tratados como si fuéramos un obstáculo”, señaló.
La ocupación en Cargill se opone al Decreto N.º 12.600, que autoriza estudios de concesión para transformar el Tapajós en una mercancía al servicio del agronegocio, sin consultar a los pueblos que dependen del río para sobrevivir. El 4 de febrero, los indígenas ocuparon el aeropuerto de Santarém durante casi todo un día. La ocupación terminó sin acuerdo.

Después de más de dos semanas de presión por parte de los pueblos tradicionales, el Gobierno Federal retrocedió y anunció la suspensión del dragado. Pero para quienes permanecen en la primera línea de la lucha, la exigencia sigue siendo la revocación total del decreto.
El decreto que amenaza al Tapajós, según Alessandra Munduruku, no llega solo. Abre el camino a un conjunto de proyectos que se acumulan desde hace décadas y avanzan sobre el territorio. “No es solo el dragado del río Tapajós. También está el Ferrogrão, las hidrovías, las hidroeléctricas, más minería en nuestras tierras”, afirma.

Pero el impacto no se limita a la alteración del paisaje. Afecta el funcionamiento del río. “¿Vamos a quedarnos solo mirando cómo ensucian el río, los lugares de las nacientes, donde nacen las tortugas, donde nacen los peces?”, cuestiona. Para Alessandra, lo que está en juego no es solo el presente, sino la continuidad de la vida que depende de estas aguas.
Tal vez la pregunta más honesta en este día no sea cómo los pueblos indígenas continúan luchando, sino por qué todavía necesitan luchar. Lo que expresan Thaigon Arapiun y Alessandra Munduruku no es resignación. Es algo más simple y más radical: el deseo de vivir. Y vivir no debería exigir heroísmo.








